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miércoles, 5 de agosto de 2015

LA HEREJÍA ANTILITURGÍCA



La Herejía Antilitúrgica

Instituciones Litúrgicas por Dom Prosper Guéranger
Libro I —Capítulo XIV: sobre la herejía antilitúrgica y la reforma protestante del siglo XVI, consideradas desde el punto de vista de sus relaciones con la Liturgia.

La Liturgia es una cosa demasiado importante en la Iglesia como para no haber sido el blanco de los ataques de la herejía. Pero de la misma manera en que la autoridad de la Iglesia no fue en absoluto combatida, como noción, directamente por las sectas de Oriente que desgarraron de tan diversos modos el Credo, el racionalismo, en esa patria de los Misterios, no persiguió las formas del culto de manera sistemática. Las sectas orientales, divididas por desacuerdos violentos, aunaron al cristianismo, algunas un panteísmo encubierto, otras el principio mismo del dualismo; pero, por sobre todas las cosas, sintieron la necesidad de creer y de ser cristianas, y su Liturgia expresa perfectamente su situación. Ciertas fórmulas se encuentran deshonradas por blasfemias sobre la Encarnación del Verbo, pero ese desorden no impide que las nociones tradicionales de la Liturgia se conserven en esas fórmulas y en los ritos que las acompañan: más aún, la fe por muy desfigurada que esté, ha sido fecunda, casi hasta nuestros días, en esos hombres que creen mal pero que, sin embargo, quieren creer; y los jacobitas, los nestorianos, contando solamente a partir del año 1000, produjeron más fórmulas litúrgicas, más anáforas, por ejemplo, que los griegos melquitas cuyos libros casi no se acrecentaron desde la separación de la Iglesia Romana, fuera de alguna que otra colección de himnos compuesta por todo tipo de personas y que fueron agregados a los libros de oficios. De todas maneras, este último tipo de plegarias —como son las anáforas, las bendiciones, etc., compuestas por los jacobitas y los nestorianos modernos, cuyos textos, o la nota sobre ellos, podemos hallar en el libro de Renaudot sobre las Liturgias de Oriente, o en la biblioteca oriental de Assemani —no pertenece a la esencia de la Liturgia. El lector se equivocaría, sin embargo, si pensara que nos proponemos señalar esta extrema abundancia como una marca de progreso; la antigüedad, la inmutabilidad de las fórmulas del culto, es la primera de sus virtudes; pero esa fecundidad es, al menos, un signo de vitalidad, y no es posible dejar de reconocer que el estilo eclesiástico de esas anáforas, incluso de las más recientes, está en perfecto acuerdo con el ya consagrado por los siglos. En lo que concierne a las tradiciones sobre los ritos y las ceremonias, las sectas de Oriente las han conservado a todas con una fidelidad poco común, y si a veces se encuentran mezcladas con rasgos supersticiosos, eso mismo es un testimonio, al menos, de un fondo primitivo de fe, así como en nuestro ámbito la disminución progresiva de las prácticas exteriores indica la existencia de un racionalismo secreto cuyos resultados están a la vista.

La Iglesia Griega ha conservado, en general, con gran cuidado sino el espíritu al menos las formas de la Liturgia. Ya hemos dicho, en otra parte, como fue predestinada por Dios, al menos por un tiempo, para dar, con la inmovilidad de sus antiguos usos, un irrecusable testimonio de la pureza de las tradiciones latinas. Es por ello que Cirilo Lucaris fracasó de manera vergonzosa en su proyecto de iniciar a la Iglesia Oriental en las doctrinas del racionalismo de Occidente. De todas formas, el espíritu discutidor y puntilloso de Marco de Éfeso persiste en el seno de la Iglesia Griega y, cuando esa Iglesia sea llamada a fundirse en nuestras sociedades europeas, producirá los frutos que le son naturales. Antes de volver a la unidad, la Iglesia Griega tiene que pasar fatalmente por el protestantismo, y tenemos muchas razones para creer que semejante revolución ya se ha llevado a cabo en el corazón de sus pontífices. En el mismo orden de cosas, La Liturgia, forma oficial de una creencia oficial, permanecerá estable o variará de acuerdo con la voluntad del soberano. Así, no hay ninguna posibilidad de herejía litúrgica allí donde el Credo ya está minado, allí donde sólo se encuentra un cadáver de cristianismo que solamente se mueve un poco por resortes o algún tipo de galvanismo, hasta que llegue el momento en que, al desmoronarse, por su propia podredumbre, se volverá tan incapaz de recibir los impulsos externos como lo es, desde hace tiempo, de sentir el ímpetu de la vida.

Es, pues, únicamente en el seno de la verdadera Iglesia donde tiene que fermentar la herejía antilitúrgica, es decir esa herejía que se constituye en enemiga de las formas del culto. Es, únicamente, allí donde hay algo para destruir que el espíritu de la destrucción tratará de instilar ese veneno deletéreo. Oriente sólo padeció una vez, aunque con violencia, semejantes convulsiones, y eso fue en el tiempo de la unidad con Roma. En el siglo VIII surgió una secta furiosa que, con el pretexto de liberar el espíritu del yugo de la forma, destrozó, desgarró, quemó los símbolos de la fe y del amor del cristiano; corrió la sangre en defensa de la imagen del Hijo de Dios, como cuatro siglos antes había corrido por el triunfo del verdadero Dios sobre los ídolos. Pero a la cristiandad occidental le estaba reservado ver surgir en su seno la guerra más larga, más empecinada, una guerra que dura todavía, contra el conjunto de los actos litúrgicos. Dos cosas contribuyeron a mantener a las Iglesias de Occidente en ese continuo infortunio: en primer lugar, como acabamos de decirlo, la vitalidad inherente al cristianismo romano, el único que merece el nombre de cristianismo y, por ende, aquel contra el cual tienen que volverse todas las potencias del error; en segundo lugar, el carácter racionalmente material de los pueblos de Occidente que, desprovistos de la flexibilidad mental griega y del misticismo oriental, lo único que saben hacer, en lo que concierne a las creencias, es negar, es arrojar lejos de sí lo que los molesta o los humilla; incapaces, por ambas razones, de seguir, como los pueblos semíticos, la misma herejía durante largos siglos. Esta es la razón por la cual, en nuestro ámbito, exceptuando ciertos hechos aislados, la herejía siempre ha actuado negando y destruyendo. Tal es, como veremos, la tendencia de todos los esfuerzos de la inmensa secta antilitúrgica.

1) El primer rasgo de la herejía antilitúrgica es el odio de la Tradición expresada en las fórmulas del culto divino. No se puede negar la presencia ese rasgo especial en todos los heréticos a que nos hemos referido, desde Vigilancio hasta Calvino, y la razón de ello es muy fácil de explicar. Todo sectario que pretende introducir una nueva doctrina, se encuentra ineluctablemente en presencia de la Liturgia, que es la Tradición en su máxima expresión, y no descansará hasta acallar esa voz, hasta desgarrar esas páginas que contienen la fe de los siglos pasados. En efecto, ¿cómo hicieron el luteranismo, el calvinismo, el anglicanismo para establecerse y mantenerse en el pueblo? Lo único que tuvieron que hacer fue suplantar con libros nuevos y fórmulas nuevas los libros y las fórmulas antiguas, y así todo fue consumado. Nada podía ya molestar a los nuevos doctores, podían predicar a sus anchas: la fe de los pueblos ya no tenía defensa. Lutero entendió esto con una sagacidad digna de nuestros jansenistas, cuando, en el primer período de sus innovaciones, en la época en que se veía todavía obligado a conservar una parte de las formas externas del culto latino, estableció el siguiente reglamento para la misa reformada: “Aprobamos y conservamos los introitos de los domingos y de las fiestas de Jesucristo, es decir Pascua, Pentecostés y la Natividad. Preferiríamos, con gusto, los salmos enteros de los que se han sacado esos introitos, como era el uso antaño; pero estamos dispuestos a conformarnos con el uso actual. Ni siquiera criticamos a quienes quieran mantener los introitos de los Apóstoles, de la Virgen y de los demás santos, CUANDO ESOS TRES INTROITOS ESTÉN SACADOS DE LOS SALMOS Y DE OTRAS PARTES DE LA ESCRITURA (Lebrun, Explicación de la Misa. Tomo IV, página 13.) A Lutero le horrorizaban los cánticos que la Iglesia había compuesto para la expresión pública de la fe. Sentía muy bien en ellos el vigor de la Tradición que él quería proscribir. Si le reconocía a la Iglesia el derecho de unir su voz, en las santas asambleas, con los oráculos de las Escrituras, corría el riesgo de oír a millones de voces anatematizando sus nuevos dogmas. Así pues, abominó de todo aquello que en la Liturgia no está estrictamente sacado de las Sagradas Escrituras.

2) Reemplazar las fórmulas de estilo eclesiástico por lecturas de la Sagrada Escritura, es el segundo principio de la secta antilitúrgica. De ello obtiene dos beneficios: primero, hacer callar la voz de la Tradición a la que no deja de temer; segundo, es un medio de propagar y de apoyar sus dogmas por vía de afirmación o de negación. Por vía de negación: al silenciar, por medio de una hábil selección, los textos que expresan la doctrina opuesta a los errores que se quiere instaurar; por vía de afirmación: al poner en evidencia los pasajes truncados que al mostrar uno solo de los aspectos de la verdad ocultan el otro ante los ojos del vulgo. Es bien sabido, desde hace muchos siglos, que la preferencia que los heréticos acuerdan a la Sagrada Escritura por encima de las definiciones eclesiásticas, no tiene otra causa que la facilidad de hacer que la Palabra de Dios diga lo que ellos quieren, presentándola u ocultándola de acuerdo con lo que les conviene. Ya veremos, más adelante, lo que hicieron en este sentido los jansenistas, obligados, por su sistema, a conservar el vínculo externo con la Iglesia; en cuanto a los protestantes, terminaron reduciendo la Liturgia, casi por entero, a la lectura de la Escritura, acompañada de discursos que la interpretan desde el punto de vista de la razón. En lo que respecta a la elección y al establecimiento de los libros canónicos, terminaron cayendo en el puro capricho del reformador que, en última instancia, decide no solamente el sentido de la Palabra de Dios sino qué texto debe considerarse parte de esa Palabra. Es así que Martín Lutero, para cuyo sistema panteísta la doctrina de que las obras son inútiles y de que la fe basta son dogmas que necesitan ser establecidos, declaró que la Epístola de Santiago es una epístola sin importancia, y no una epístola canónica, por el solo hecho de que allí se enseña la necesidad de las obras para la salvación. En todos los tiempos y en todas las circunstancias, ocurrirá lo mismo: ninguna fórmula eclesiástica, nada más que la Escritura, pero interpretada, elegida, presentada por aquel o aquellos que sacan provecho de las innovaciones. Es una trampa peligrosa para los simples y es solamente después de mucho tiempo que es posible percatarse del engaño y del hecho de que la Palabra de Dios, esa espada de doble filo como dice el Apóstol, produjo muchas heridas por haber sido blandida por los hijos de perdición.

3) El tercer principio de los heréticos de la reforma de la Liturgia—luego de haber expulsado las fórmulas eclesiásticas y de haber proclamado la necesidad absoluta de emplear únicamente las palabras de la Escritura en el servicio divino, y percibiendo que la Escritura no siempre se presta, como querrían, a sus designios— consiste en fabricar e introducir diversas fórmulas llenas de perfidia con las que los pueblos quedan más sólidamente encadenados al error y con las que todo el edificio de la reforma impía se consolidará por siglos.

4) No habrá que sorprenderse de la contradicción que la herejía demuestra en sus obras una vez se considere que el cuarto principio impuesto por los sectarios, por la naturaleza misma de su estado de rebelión, es la contradicción constante con sus mismos principios. Así tiene que ser para que sean confundidos ese gran día, que llegará tarde o temprano, en el que Dios pondrá de manifiesto su desnudez ante la vista de los pueblos que ellos sedujeron; y, también, porque no es lo propio del hombre el ser consecuente, solamente la verdad puede serlo. Es así como todos los sectarios, sin excepción, comienzan por reivindicar los derechos de la antigüedad; quieren liberar el cristianismo de todo lo falso e indigno de Dios que el error y las pasiones de los hombres le agregaron; no quieren nada fuera de lo primitivo y pretenden entroncar con los orígenes de la institución cristiana. Es por eso que podan, borran, recortan, todo cae bajo de sus golpes; y cuando se espera ver resurgir el culto divino en su pureza primigenia, resulta que hay una invasión de fórmulas nuevas que datan de la víspera, que son incuestionablemente humanas puesto que el que las redactó todavía está vivo. Toda secta pasa necesariamente por esto; lo vimos en el caso de los monofisitas, en el de los nestorianos; volvemos a encontrarnos con lo mismo en todas las ramas del protestantismo. La pretensión de predicar la antigüedad sólo los condujo a rechazar todo el pasado y a jurarle a los pueblos seducidos que todo está bien, que las exageraciones papistas desaparecieron, que el culto divino alcanzó la santidad primitiva. Observemos, también, algo que es característico en el cambio de la Liturgia por los heréticos: en su furia de innovación, no se contentan con recortar las fórmulas de estilo eclesiástico que condenan como meras palabras humanas, sino que extienden su reprobación a las lecturas y a las plegarias mismas que la Iglesia tomó de la Escritura; cambian y substituyen porque no quieren orar con la Iglesia, se excomulgan de este modo a sí mismos y temen hasta la menor parcela de la ortodoxia que dictó la elección de esos pasajes.

5) Puesto que la reforma de la Liturgia fue emprendida por los sectarios con el mismo objetivo que la reforma del dogma, de la que es consecuencia, de esto se desprende que, así como los protestantes se separaron de la unidad con el fin de creer menos, aquellos terminan por verse obligados a eliminar del culto todas las ceremonias, todas las fórmulas que expresan los Sagrados Misterios. Todo lo que no les parecía puramente racional fue tachado por ellos de superstición e idolatría, con lo que disminuyeron las expresiones de la fe, obstruyendo con la duda e incluso con la negación todos los caminos que llevan al mundo sobrenatural. Es así como ya no hay más sacramentos, excepto el bautismo —hasta que llegue el socinianismo que liberará de esa obligación a sus adeptos—, ni sacramentales, bendiciones, imágenes, reliquias de santos, procesiones, peregrinaciones, etc. Ya no hay más altar, sólo una simple mesa; ni sacrificio, como en todas las religiones, sino simplemente una cena; ni iglesia, sólo un templo, como en la época de los Griegos y los Romanos; ni arquitectura religiosa, puesto que no hay más misterios; ni pintura ni escultura cristianas, puesto que no hay más religión sensible; en fin, no hay más poesía en un culto que no está fecundado por el amor ni por la fe.

6) La supresión de los elementos del misterio en la Liturgia Protestante tenía, infaliblemente, que producir la total extinción de ese espíritu de plegaria al que el catolicismo llama unción. Un corazón rebelde no tiene amor, y un corazón sin amor podrá, a lo sumo, producir expresiones tolerables de respeto o de temor, con la frialdad soberbia del fariseo; así es la Liturgia Protestante. Es perceptible que aquel que la recita se aplaude a sí mismo por no pertenecer a la muchedumbre de esos cristianos papistas que rebajan a Dios a su propio nivel con la familiaridad de su lenguaje común.

7) Puesto que trata noblemente con Dios, la Liturgia Protestante no tiene necesidad de la mediación de las creaturas. Pensaría que le falta el respeto al Ser Supremo si invocase la intercesión de la Virgen Santísima o la protección de los santos. Deja de lado toda esa idolatría papista que le pide a la creatura lo que sólo hay que pedirle a Dios; limpia el calendario de todos esos nombres humanos que la Iglesia Romana inscribe, de manera tan temeraria, junto al nombre de Dios; siente, sobre todo, horror del nombre de los monjes y de otros personajes recientes que figuran allí junto a los nombres venerados de los Apóstoles elegidos por Jesucristo, y con los que fue fundada esa Iglesia primitiva que es la única que mantuvo la fe pura y que estuvo libre de toda superstición en el culto y de todo relajamiento en la moral.

8) Como la reforma litúrgica tiene entre sus fines principales la abolición de los actos y las fórmulas de los Sagrados Misterios, de ello se desprende, necesariamente, que sus autores tenían que reivindicar el uso de la lengua vulgar en el servicio divino. Éste es, pues, uno de los puntos más importantes para los sectarios. Sostienen que el culto no es una cosa secreta, que es necesario que el pueblo entienda lo que canta. El odio de la lengua latina es algo innato en el corazón de todos los enemigos de Roma; en ella ven el lazo que une a todos los católicos del mundo, el arsenal de la ortodoxia en contra de todas las sutilezas del espíritu de secta, el arma más poderosa del Papado. El espíritu de rebeldía que los empujó a confiar la plegaria universal al idioma de cada pueblo, de cada provincia, de cada siglo, produjo, por otra parte, sus frutos, y los reformados pueden constatar día a día que los pueblos católicos, a pesar de sus plegarias latinas, aman más y cumplen con mayor celo los deberes del culto que los pueblos protestantes. A toda hora del día, el servicio divino se lleva a cabo en las iglesias católicas: el fiel que asiste deja, en el umbral, su lengua materna; excepto en el momento de la predicación escucha solamente esos misteriosos acentos que dejan de resonar, incluso, en el momento más solemne, durante el Canon de la Misa; y, sin embargo, ese misterio lo encanta de tal manera que no envidia la suerte del protestante, aunque los oídos de éste último sólo escuchen sonidos cuyo significado entiende. Mientras que al templo reformado le cuesta reunir, una vez por semana, a los cristianos puristas, la Iglesia papista ve como, sin cesar, sus numerosos altares son asediados, cada día, por sus religiosos hijos que dejan un momento sus trabajos para ir a escuchar esas palabras misteriosas que tienen que ser del mismo Dios porque nutren la fe y calman el sufrimiento. Confesemos que fue una jugada maestra del protestantismo el haber declarado la guerra a la lengua santa; si pudiera llegar a destruirla, su triunfo total estaría cercano. Desnuda ante las miradas profanas, como una virgen deshonrada, la Liturgia perdió, a partir de ese momento su carácter sagrado y ha de llegar pronto el momento en que el pueblo se dé cuenta de que no vale demasiado la pena abandonar sus labores o sus placeres para ir a oir hablar de la misma manera en se habla en la plaza pública. Saquémosle a la Iglesia de Francia sus declamaciones radicales y sus diatribas contra la supuesta venalidad del clero, y ya veremos si el pueblo irá a escuchar, por mucho tiempo aún, al así llamado Primado de las Galias gritar: El Señor esté con vosotros; y a otros que le responden: Y con tu espíritu. Nos ocuparemos, en otra parte, de manera especial, de la lengua litúrgica.

9) Al despojar la Liturgia del misterio que rebaja a la razón, el protestantismo bien sabía cuál era la consecuencia práctica: liberarse del cansancio y de la molestia que le imponen al cuerpo las prácticas de la Liturgia papista. Para empezar, basta de ayunos y de abstinencias; basta de genuflexiones durante la plegaria; para los ministros del templo, basta de oficios diarios que cumplir, y hasta de las plegarias canónicas para rezar en nombre de la Iglesia. Ésta es una de las formas principales de la gran emancipación protestante: reducir la suma de las plegarias públicas y particulares. Los hechos mostraron pronto que la Fe y la Caridad que se nutren de la plegaria se habían apagado en la Reforma, mientras que en los católicos no dejan de alimentar todos los actos de entrega a Dios y a los hombres, fecundadas como están por el inefable socorro de la plegaria litúrgica que lleva a cabo el clero secular y regular, al que se une la comunidad de los fieles.

10) Como el protestantismo necesitaba una regla para discernir entre las instituciones papistas aquellas que podían ser las más hostiles a sus principios, tuvo que hurgar en los cimientos del edificio católico para encontrar la piedra fundamental que lo sostiene. Su instinto le hizo descubrir de inmediato el dogma inconciliable con cualquier innovación: la autoridad del Papa. Cuando Lutero escribió en su estandarte: Odio para Roma y sus leyes, no hizo otra cosa que promulgar una vez más el gran principio de todas las ramas de la secta antilitúrgica. A partir de allí fue necesario abrogar en masa el culto y las ceremonias, como idolatría romana; la lengua latina, el oficio divino, el santoral, el breviario, abominaciones todas de la gran prostituta de Babilonia. Los dogmas del Pontífice Romano pesan sobre la razón y las prácticas rituales que impone pesan sobre los sentidos; es necesario, entonces, proclamar que sus dogmas no son más que error y blasfemia, y que sus preceptos litúrgicos constituyen una manera de asentar con más fuerza una dominación usurpada y tiránica. Es por eso que en sus letanías emancipadas, la Iglesia Luterana continúa cantando ingenuamente: Del homicida furor, calumnia, rabia y ferocidad del Turco y del Papa, líbranos Señor. (Lutherisches Gesangbuch. Lepizig. Página 667.) Es el momento oportuno para recordar aquí las admirables consideraciones que hace Joseph de Maistre en su libro Acerca del Papa en el que muestra, con gran sagacidad y profundidad que, a pesar de los desacuerdos que tendrían que aislar unas de otras a las distintas sectas separadas, hay una característica que la reúne a todas: el no ser romanas. Imaginemos cualquier tipo de innovación, ya sea en materia de dogma o de disciplina, y ya veremos si es imposible intentarla sin merecer, de buena o mala manera, el mote de no romano o, si se carece de audacia, de menos romano. Habría que ver qué tipo de reposo podría hallar un católico en la primera, o incluso en la segunda, de esas dos situaciones.

11) La herejía antilitúrgica, para asentar para siempre su imperio, necesitaba destruir, de hecho y por principio, todo sacerdocio en el cristianismo; porque se daba cuenta de que allí donde hay un pontífice hay un altar, y que donde hay un altar hay un sacrificio y, por lo tanto, un ceremonial misterioso. Luego, pues, de haber abolido la calidad de Supremo Pontífice, hacía falta aniquilar el carácter del obispo del que emana la mística imposición de manos que perpetúa la jerarquía sagrada. De allí proviene un vasto presbiterianismo que no es sino la consecuencia inmediata de la eliminación del Supremo Pontificado. A partir de ese momento, ya no existe el sacerdote propiamente dicho; ¿cómo la simple elección, sin consagración, podría hacer de él una persona sagrada? La reforma de Lutero o de Calvino no tendrá más que ministros de Dios, o simples hombres, según se prefiera. Pero no es posible detenerse en este punto. Elegido e instalado por laicos, cubierto en el templo con la túnica de una vaga magistratura bastarda, el ministro no es más que un laico revestido de una función accidental; en el protestantismo, entonces, sólo hay laicos, y así tenía que ser puesto que ya no hay Liturgia, y ya no hay más Liturgia porque sólo hay laicos.

12) Para terminar, y es éste el último grado de embrutecimiento, como el sacerdocio ya no existe puesto que la jerarquía está muerta, el Príncipe, única autoridad posible entre laicos, se proclama Jefe de la Religión, y así se ve a los más temibles reformadores, después de haber sacudido el yugo espiritual de Roma, reconocer al soberano temporal como Pontífice Supremo y colocar el poder sobre la Liturgia entre las atribuciones del derecho real. Así pues, el dogma, la moral, los sacramentos, el culto, el cristianismo, sólo existirán en la medida en que le plazca al Príncipe, ya que al serle concedido el poder absoluto sobre la Liturgia también se le concedió sobre todas esas cosas que ésta expresa y aplica en la comunidad de los fieles. Ese es, sin embargo, el axioma fundamental de la Reforma en la práctica y en los escritos de los doctores protestantes. Un último rasgo completará el cuadro y pondrá al lector en condiciones de juzgar cuál es la naturaleza de esa pretendida liberación, llevada a cabo con tanta violencia con respecto al Papado, para luego dar lugar, necesariamente, a una dominación que destruye la naturaleza misma del cristianismo. Es cierto que en sus orígenes la secta antilitúrgica no acostumbraba a halagar de tal modo a los poderosos: albigenses, valdenses, wiclifitas, husitas, todos enseñaban que era necesario resistir y aun combatir a cualquier príncipe o magistrado que se encontrase en estado de pecado mortal, sosteniendo que un príncipe quedaba desposeído de su derecho desde el momento en ya no estaba en estado de gracia. La razón de esto es que esos sectarios temían la espada de los príncipes católicos, verdaderos obispos del poder temporal, y que tenían mucho para ganar socavando su autoridad. Pero desde el momento en que los soberanos, asociados a la rebelión en contra de la Iglesia, quisieron hacer de la religión algo nacional, un medio de gobierno, la Liturgia reducida, lo mismo que el dogma, a los límites de un país, terminó, naturalmente, por depender de la más alta autoridad del país en cuestión; y los reformadores no pudieron dejar de sentir el más vivo reconocimiento por quienes prestaban la ayuda de un brazo poderoso para el establecimiento y la subsistencia de sus teorías. Es muy cierto que hay una verdadera apostasía en esta preferencia otorgada, en materia de religión, a lo temporal por sobre lo espiritual; pero se trataba para los reformadores de una necesidad absoluta de supervivencia. No sólo hay que ser consecuente, también hay que vivir. Es por eso que el mismo Lutero que se separó con estruendo del Pontífice Romano, acusándolo de todas las abominaciones de Babilonia, no se avergonzó al tener que declarar la legitimidad teológica del doble matrimonio del Landgrave de Hesse; y es por eso, también, que el abate Grégoire encontró en sus principios el modo de conciliar su voto en la Convención por la condena a muerte de Luis XVI, con su defensa, al mismo tiempo, de Luis XIV y de José II en contra de los Romanos Pontífices.

Tales son las principales máximas de la secta antilitúrgica. No hemos, por cierto, exagerado en nada; no hemos hecho más que señalar la doctrina cien veces profesada en los escritos de Lutero, de Calvino, de los Centuriadores de Magdeburgo, de Hospiniano, de Kemnitz, etc. Es fácil consultar estos libros o, más bien, la obra inspirada en ellos y que está a la vista de todo el mundo. Hemos creído que era útil poner en evidencia sus principales características. Siempre es algo provechoso conocer el error; la enseñanza directa es a veces menos ventajosa y menos fácil. Con todos estos datos, el lógico católico puede establecer las tesis contrarias.

(Traducción de Miguel Frontán Alfonso)

lunes, 25 de agosto de 2014

HABLA EL CARDENAL SIRI - ARZOBISPO DE GÉNOVA - SOBRE LA SITUACIÓN EN LA IGLESIA

HABLA EL CARDENAL GIUSEPPE SIRI
(Impresionante la actualidad de lo escrito por el Cardenal Siri hace más de 40 años)
 

   Creo de suma importancia, para descifrar el enigma del actual pontífice, citar las valerosas declaraciones del Cardenal Siri. El no habla directamente de Paulo VI, pero creo que lo que dice se puede aplicar al Papa Montini: 

   l.- LA OPINIÓN SUSTITUYE A LA VERDAD
   La primera y fundamental doctrina del poder de este mundo es la afirmación: la verdad no existe. Ya decía San Agustín que la diferencia entre la ciudad del mundo y la ciudad de Dios se finca en que la primera tiene mil opiniones, y la segunda, una sola verdad. La diferencia capital entre las dos ciudades, no versa, por tanto, sobre el contenido, sino sobre la misma existencia de la verdad. Basta recordar el dramático diálogo entre Jesús y Pilatos.
   Lo más grave es que hay una técnica para sustituir la verdad por la opinión. Esa técnica existe y es socorridísima: basta dar una ojeada a la actual producción religiosa, literaria, filosófica. Se trata de expresar opiniones tan cautelosamente formuladas, que es imposible saber cuál es la tesis del autor; o mejor aún: se yuxtaponen unas a otras, como si fueran mutuamente compatibles, doctrinas que son entre sí contradictorias.
   Fijémonos en el slogan de la muerte de Dios. Si se dijese negación, todos comprenderían. Mas aquí nos encontramos frente a una operación sutilmente sofisticada, que quiere dar falazmente la impresión de salvar así la idea más aquilatada y químicamente pura de Dios... por su 'identificación' con la más profunda realidad del hombre.
   Los mismos términos equívocos de 'conservador' y 'progresista' esconden la técnica del relativismo, que conduce toda cuestión doctrinal a los esquemas de derecha e izquierda, con lo que todo se relativiza, todo se torna cuestión de opinión e instrumento de poder. La relativización de la verdad y de la doctrina es el verdadero objetivo de tales exposiciones arbitrarias de los actuales problemas de la Iglesia.
   ¿No es ese absurdo e injustísimo justo medio, que incluso obispos y cardenales preconizan entre nosotros, como si el ideal estuviera en plantarnos a medio camino, entre la verdad y el error?

   2.- ¿RESURGE LA 'GNOSIS'?
   Para cualificar los errores en curso se habla de un nuevo modernismo y también de la protestantización de la Iglesia. Pero el Arzobispo de Génova prefiere recurrir a la 'gnosis'.
   Recuérdese que la 'gnosis', con su atractivo de ciencia y alta especulación, con su afán de comprender el misterio y naturalizar la fe, constituye en el siglo II, el mayor peligro quizá de toda la historia de la Iglesia. Creo -nos viene a decir el Eminentísimo Arzobispo de Génova- que se puede legítimamente calificar de 'gnosis' ese conglomerado de errores, que hoy circulan por ahí, vistos en su sistematización. Mas... ¿son muchos los que saben lo que dicen? Esto es lo terrible: ¡que no saben lo que dicen!
   Se procede no por motivos racionales, sino por el prurito de conformarse al mundo. Pero el poder mundano tiene su propia filosofía; y los teólogos de moda traducen al lenguaje teológico las opiniones del día, no porque acepten una doctrina como tal, sino porque aceptan las doctrinas, que lisonjean a los poderes de este mundo.
   La gravedad del momento presente es ésta: que no se trata ya más de la oposición o contraste entre la verdad y el error, sino entre la verdad y la no verdad, entre el orden de la verdad y la dictadura de la opinión. Los hombres se creen libres por que así figura en los textos jurídicos, cuando esa misma engañosa creencia es prueba de su servidumbre.
   ¿Estará también la Iglesia bajo la dictadura de la opinión? La Iglesia, no; pero muchos que están en la Iglesia, sí. La Iglesia no podría ser violentada en su libertad, sin que el Espíritu Santo suscite poderosas reacciones...
   La polvareda levantada en torno al Concilio no fue querida por Juan XXIII, quien por ello sufrió profundamente; de esto soy testigo personal. La verdadera grandeza cristiana de Juan XXIII consistió en el modo sereno y cristiano con que, midiendo plenamente la imponente gravedad de los problemas, aceptó humildemente su cruz hasta la muerte.

   3.- LO MÁS URGENTE.
   La obra más urgente es restaurar en la Iglesia la distinción entre la verdad y el error. Hemos llegado a tal extremo que todo ejercicio de la autoridad eclesiástica se considera como abuso frente a la libertad. ¡Como si la autoridad fuese la negación de la libertad! Mil poderes ilegítimos coartan muy gravemente y muy sistemáticamente la conciencia y la libertad de las personas en el plano inmediato, mientras que en el plano más profundo las apartan de la verdad, expresada en las fuentes de la Revelación y en el Magisterio. "Yo espero que las justas y autorizadas distinciones llegarán. La pastoral no es el arte del compromiso y la cesión: es el arte de la salvación de las almas en la verdad".
   Esa verdad, que se oscurece tantas veces en las abusivas deformaciones de la liturgia. Hoy se descubren peligrosas pérdidas en lo esencial. Lo sagrado no es solamente el rito: es la presencia, en el rito, de la realidad significada. Cuando se mitiza el rito, se pierde el sentido de la sustancia que contiene. Nada, por consiguiente, de extraño que la Eucaristía se convierta para algunos en una simple fiesta de la unidad humana, en la cual Dios es nada más que un espectador. "Aquí estamos no ya en la herejía, sino en la apostasía".
   Es cierto. "La presente situación de la Iglesia es una de las más graves de la historia, porque, esta vez, la impugnación no le viene de la persecución de fuera, sino de la perversión interior. Esto es muy grave. Pero, las puertas del infierno no prevalecerán".

jueves, 7 de marzo de 2013

PRONUNCIAMIENTO DE OBISPOS CATÓLICOS ARGENTINOS SOBRE LA MASONERÍA


A continuación una Declaración del Episcopado Argentino sobre la secta masónica fechada a 1959.

Sin duda los lectores de mente ágil y aguda se percatarán de la innegable actualidad de aquellas notas.

 
Declaración del Episcopado Argentino sobre la Masonería


«El Episcopado Argentino en su Reunión Plenaria, ante las diversas manifestaciones hechas en la prensa por la masonería, se siente en la obligación de hacer una pública declaración en cumplimiento de la recomendación de S.S. León XIII: “Lo primero que procuraréis hacer será arrancar a los masones sus máscaras para que sean conocidos tales cuales son” (Encíclica “Humanum Genus”).

Los Papas, pilotos supremos e infalibles de la civilización, comprendieron el peligro que amenazaba al mundo a través de las sectas y lo señalaron desde la primera hora declarando palmariamente la conjuración satánica que se cernía sobre la humanidad.

Desde Clemente XII, en su Encíclica “In Emminenti” de 1738, hasta nuestros días, reiteradamente los soberanos Pontífices han condenado las sectas masónicas, y el Código de Derecho Canónico señala: “Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género incurren en excomunión” (Canon 2335).

El 24 de julio de 1958 (en la Octava Semana de Formación Pastoral), S.S. Pío XII señaló como “raíces de la apostasía moderna, el ateísmo científico, el materialismo dialéctico, el racionalismo, el laicismo, y la masonería, madre común de todas ellas”.

Doctrina y fines de la masonería

El inmortal Pontífice León XIII, en la carta Encíclica “Humanum Genus” –condenatoria de la masonería- al afirmar que “junto al reino de Dios en la tierra, que es la verdadera Iglesia de Cristo, existe otro reino, el de Satán, bajo cuyo imperio se encuentran todos los que rehúsan obedecer a la ley divina y eterna y acometen empresas contra Dios, o prescinden de Él”, nos advierte que “en nuestros días todos los que favorecen al segundo de estos bandos parecen conspirar de común acuerdo y pelear con la mayor vehemencia, siéndoles guía y auxilio la sociedad que llaman de los masones.

Audazmente se animan –continúa el Papa- contra la Majestad de Dios y maquinan abiertamente y en público la ruina de la Santa iglesia, y esto con el propósito de despojar enteramente a los pueblos cristianos de los beneficios que les granjeó Jesucristo Nuestro Salvador”. Más adelante dice León XIII: “Entre los puntos de doctrina en que parece haber influído en gran manera la perversidad de los errores masónicos se hallan las enormidades sostenidas por los socialistas y comunistas y los ataques contra la verdadera y genuina noción de la familia cristiana, la cual tiene su origen en el matrimonio uno e indisoluble; y contra la educación cristiana de la juventud y la forma de la potestad política modelada según los principios de la sabiduría cristiana. Por eso, a ejemplo de nuestros Predecesores, hemos resuelto declararnos de frente contra la sociedad masónica, contra el sistema de su doctrina y sus intentos y manera de sentir y obrar, para más y más poner en claro su fuerza maléfica e impedir así el contagio de su funesta peste. Hay varias sectas –anota el Papa- que si bien diferentes en nombre, forma y origen, se hallan sin embargo unidas entre sí por cierta comunión de propósitos y afinidad entre sus opiniones capitales, concordando de hecho con la secta masónica: especie de centro de donde todas ellas salen y adonde todas vuelven”.

“Su último y principal intento no es otro que el de destruir hasta los fundamentos todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo; levantando, a su manera, otro nuevo fundamento y leyes sacadas de las entrañas del Naturalismo , el cual sostiene que la naturaleza y la razón humana ha de ser en todo maestra y soberana absoluta”. Luego, el Papa enumera algunos intentos masónicos por los cuales los sectarios “niegan toda divina revelación, atacan con saña a la Iglesia Católica, cuyo deber propio es guardar y defender en incorrupta pureza el depósito de las doctrinas reveladas por Dios; propugnan la separación de la iglesia y el Estado, fomentan el indiferentismo religioso, sostiene la igualdad de todos los cultos, privan a la Iglesia de su libertad, propician la educación laica obligatoria, con exclusión de toda idea religiosa, el matrimonio civil, el divorcio absoluto y el ateísmo de estado” (Encíclica “Humanum Genus”).

 
Medios recomendados en la actualidad por la masonería

En 1958, en la cuarta conferencia Interamericana de la Masonería, realizada en Santiago de Chile, se manifestó que, “La Orden presta ayuda a sus adeptos para que puedan alcanzar altas jerarquías en la vida pública de las naciones”; y luego se desarrolló el temario titulado: “Defensa del laicismo”.

Señalóse a continuación la nueva táctica de la masonería con la que coinciden también las últimas consignas del comunismo internacional. Los masones deben procurar el laicismo en todos los órdenes y los comunistas la subversión del orden social como terreno apto para sus intentos finales. La consigna es la siguiente: “Intensificar la campaña laicista por intermedio de los diversos partidos políticos influenciados -(vemos hoy día que la cúpula de cuanto partido político existe está altamente influenciada por masones)-. Tratar de apaciguar la alarma de la Iglesia Católica contra la masonería evitando la acción masónica directa. Incrementar la acción conducente al quebrantamiento de la unidad de los movimientos obreros, para apresurar luego su copamiento. La masonería y el comunismo persiguen momentáneamente el mismo objeto en América latina; por lo cual debe procurarse la mayor armonía en la acción, sin que aparezca públicamente su alianza”.

 
Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal

Una prueba de todo esto tenemos en el “Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal”.

La masonería mundial y el comunismo se aprestan a realizar en la ciudad de Montevideo, el denominado “Segundo Congreso Internacional por la Fraternidad Universal”. Es éste un congreso masónico de inspiración comunista que aspira a hacer servir los fines masónicos de “fraternidad universal” a la expansión del comunismo soviético internacional. Se realizará este congreso en los días de la próxima Semana Santa (del 26 al 28 de marzo) y se propone aprestarse para “luchar por la confraternidad humana y la paz del mundo”. Dos lemas en que ocultan sus perversas intenciones la Masonería y el Comunismo.

Masonería y Comunismo

“El Marxismo y la Masonería tienen el ideal común de la felicidad terrestre. Un masón puede aceptar enteramente las concepciones filosóficas del marxismo. Ningún conflicto es posible entre los principios del marxismo y de la masonería”: lo afirma el gran Maestre de la Masonería de París.

Para lograr sus fines, la masonería se vale de la Alta Finanza, de la alta política y de la prensa mundial; el marxismo se vale de la revolución en lo social y económico contra la patria, la familia, la propiedad, la moral y la religión.

Los masones cumplen su fin con medios secretamente subversivos; los comunistas con medios abiertamente subversivos. La masonería mueve a las minorías políticas sectarias -(véanse hoy en día que el fuerte apoyo a “lobbies gay” viene de masones)-; el comunismo se apoya en una política de masas, explotando los anhelos de justicia social.
 

A los jóvenes

Todo argentino, pero principalmente la juventud, debe saber que Catolicismo y Masonería son términos que se contradicen y excluyen absolutamente como el Cristo y el Anticristo. Y también debe saber que el liberalismo o laicismo, en todas sus formas, constituyen la expresión ideológica propia de la masonería.

Poco importa que muchos liberales no sean masones; hay instrumentos lúcidos e instrumentos ciegos. Lo importante es que unos y otros colaboran objetivamente en la destrucción de la Iglesia de Cristo y del orden católico de la República.

Lo que mueve toda la acción de la masonería es, en última instancia, el odio a Cristo y a todo lo que lleva su nombre en las almas y en las instituciones humanas. Su objetivo final es la destrucción de lo católico y de todo lo que se fundamenta o inspira en su doctrina.

La Iglesia de Cristo ha presidido todas las funciones de la patria misma. Ella está presente –vigilante y actuante- en todos los hechos trascendentes y decisivos de nuestra historia. Católico es el origen, la raíz y la esencia del ser argentino. Quiere decir que atentar contra lo católico es conspirar contra la Patria.

Más todavía, la disminución de la fe en el pueblo argentino comporta a la vez una disminución de su patriotismo.

De ahí que la defensa de la Fe Católica y la restauración de la Patria en Cristo sea la forma más pura y plena de servir a la Patria. La impiedad masónica, por el contrario, es causa de indiferencia, desprecio y deslealtad hacia la Patria.

 A los padres y madres de familia

A los padres y madres de familias cristianas, asociados por Dios a su divina paternidad, que tienen en sus hijos la prolongación de sus vidas, les exhortamos a cuidar celosamente la educación de sus hijos, que son también hijos de Dios.

Frente a las insinuaciones del mal y del engañoso y falso modo de proceder de las sectas, ejerzan la patria potestad y cumplan sus sagrados compromisos contraídos cuando presentaron sus hijos a la Iglesia para que fueran hechos hijos de Dios por el Bautismo.

 A todos los argentinos

A cuantos sienten en su pecho el amor a la Patria les señalamos como enemigos de nuestras tradiciones y de nuestra futura grandeza, la masonería y el comunismo que aspiran a la destrucción de cuanto hay de noble y sagrado en nuestra tierra.

 
Dado en “Villa San Ignacio”, San Miguel, a veinte días del mes de febrero y año del Señor de mil novecientos cincuenta y nueve.

Antonio Cardenal Caggiano, Obispo de Rosario y Presidente de la Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino ; Fermín E. Lafitte, Administrador Apostólico de Buenos Aires S.P. ; Nicolás Fasolino, Arzobispo de Santa Fe ; Zenobio L. Guilland, Arzobispo de Paraná ; Roberto J. Tabella, Arzobispo de Salta ; Audino Rodriguez y Olmo, Arzobispo de San Juan ; Antonio J. Plaza, Arzobispo de La Plata ; Germiniano Esorto, Arzobispo de Bahía Blanca ; Juan Carlos Aramburu, Arzobispo de Tucumán ; Ramón J. Castellano, Arzobispo de Córdoba ; Leopoldo Buteler, Obispo de Río Cuarto ; Carlos F. Hanlon, Obispo de Catamarca ; Froilán Ferreyra Reynafé, Obispo de La Rioja ; Francisco Vicentin, Obispo de Corrientes ; Enrique Muhn, Obispo de Jujuy ; Anunciado Serafini, Obispo de Mercedes ; José Weimann, Obispo de Santiago del Estero ; Alfonso Buteler, Obispo de Mendoza ; Emilio Di Pasquo, Obispo de San Luis ; Silvino Martínez, Obispo de San Nicolás de los Arroyos ; Manuel Marengo, Obispo de Azul ; Enrique Rau, Obispo de Mar del Plata ; José Borgatti , Obispo de Viedma ; Agustín A. Herrera, Obispo de Nueve de Julio ; Miguel Raspanti, Obispo de Morón ; Carlos M. Pérez, Obispo de Comodoro Rivadavia ; Jorge Kemerer, Obispo de Posadas ; Jorge Chalup, Obispo de Gualeguaychú ; Jorge Mayer, Obispo de Santa Rosa ; Antonio M. Aguirre, Obispo de San Isidro ; Alberto Deane, Obispo de Villa María ; Pacífico Scozzina, Obispo de Formosa ; José Marozzi, Obispo de Resistencia ; Juan José Iriarte, Obispo de Reconquista ; Alejandro Schell, Obispo Coadjutor de Lomas de Zamora .

(fuente: www.statveritas.com.ar)