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viernes, 12 de agosto de 2016

El letargo de los Guardianes de la Fe – Dietrich von Hildebrand

El letargo de los Guardianes de la Fe

Dietrich von Hildebrand

 
 
Una de las enfermedades más horripilantes y difundidas en la Iglesia de hoy es el letargo de los Guardianes de la Fe de la Iglesia. No estoy pensando aquí en aquellos obispos que son miembros de la “quinta columna”, que desean destruir la Iglesia desde adentro, o transformarla en algo completamente diferente. Estoy pensando en los obispos mucho más numerosos que no tienen esas intenciones, pero que no hacen ningún uso de la autoridad cuando es el caso de intervenir contra teólogos o sacerdotes heréticos, o contra prácticas blasfemas de culto público. O cierran los ojos y tratan, al estilo de las avestruces, de ignorar tanto los tristes abusos como los llamados al deber de intervenir, o temen ser atacados por la prensa o los mass-media y difamados como reaccionarios, estrechos de mente o medievales. Temen a los hombres más que a Dios. Se les pueden aplicar las palabras de San Juan Bosco: “El poder de los hombres malos reside en la cobardía de los buenos”.
 
Es verdad que el letargo de aquellos en posición de autoridad es una enfermedad de nuestros tiempos que está ampliamente difundida fuera de la Iglesia. Se la encuentra entre los padres, los rectores de colegios y universidades, las cabezas de otras numerosas organizaciones, los jueces, los jefes de estado y otros. Pero el hecho de que este mal haya penetrado hasta en la Iglesia es una clara indicación de que la lucha contra el espíritu del mundo ha sido reemplazada por dejarse llevar por el espíritu de los tiempos en nombre del “aggiornamento”. Uno se ve forzado a pensar en el pastor que abandona sus rebaños a los lobos cuando reflexiona sobre el letargo de tantos obispos y superiores que, aun siendo ortodoxos ellos mismos, no tienen el coraje de intervenir contra las más flagrantes herejías y abusos de todo tipo tanto en sus diócesis como en sus órdenes.
 
Pero enfurece aún más el caso de ciertos obispos, que mostrando este letargo hacia los herejes, asumen una actitud rigurosamente autoritaria hacia aquellos creyentes que están luchando por la ortodoxia, ¡haciendo lo que los obispos deberían estar haciendo ellos mismos! Una vez me fue dada a leer una carta escrita por un hombre de alta posición en la Iglesia, dirigida a un grupo que había tomado heroicamente la causa de la verdadera Fe, de la pura, verdadera enseñanza de la Iglesia y del Papa. Ese grupo había vencido la “cobardía de los buenos” de la que hablaba San Juan Bosco, y de ese modo debían constituir la mayor alegría para los obispos. La carta decía: como buenos católicos, ustedes deben hacer una sola cosa: ser obedientes a todas las ordenanzas de su obispo.
 
Esta concepción de “buenos” católicos es particularmente sorprendente en momentos en que se enfatiza continuamente la mayoría de edad del laico moderno. Pero además es completamente falsa por esta razón: lo que es apropiado en tiempos en que no aparecen herejías en la Iglesia que no sean inmediatamente condenadas por Roma, se vuelve inapropiado y contrario a la conciencia en tiempos en que las herejías sin condenar prosperan dentro de la Iglesia, infectando hasta a ciertos obispos que sin embargo permanecen en sus funciones. ¿Qué hubiera ocurrido si, por ejemplo, en tiempos del arrianismo, en que la mayoría de los obispos eran arrianos, los fieles se hubieran limitado a ser agradables y obedientes a las ordenanzas de esos obispos, en lugar de combatir la herejía? ¿No debe acaso la fidelidad a la verdadera enseñanza de la Iglesia tener prioridad sobre la sumisión al obispo? ¿No es precisamente en virtud de la obediencia a la verdad revelada que recibieron del magisterio de la Iglesia que los fieles ofrecen resistencia a esas herejías? ¿No se supone que los fieles se aflijan cuando desde el púlpito se predican cosas completamente incompatibles con la enseñanza de la Iglesia? ¿O cuanto se mantiene como profesores a teólogos que proclaman que la Iglesia debe aceptar el pluralismo en filosofía y teología, o que no hay supervivencia de la persona después de la muerte, o que niegan que la promiscuidad es un pecado, o inclusive toleran despliegues públicos de inmoralidad, demostrando así una lamentable falta de entendimiento de la hondamente cristiana virtud de la pureza?
 
La tontería de los herejes es tolerada tanto por sacerdotes como por  laicos; los obispos consienten tácitamente el envenenamiento de los fieles. Pero quieren silenciar a los fieles creyentes que toman la causa de la ortodoxia, aquella propia gente que debería de pleno derecho ser la alegría del corazón de los obispos, su consuelo, una fuente de fortaleza para vencer su propio letargo. En cambio de esto, estas gentes son vistas como perturbadoras de la paz. Y en caso de que expresen su celo con alguna falta de tacto o en forma exagerado, hasta son excomulgados. Esto muestra claramente la cobardía que se esconde detrás del fracaso de los obispos en el uso de su autoridad. Porque no tienen nada que temer de los ortodoxos: los ortodoxos no controlan los mass-media ni la prensa; no son los representantes de la opinión pública. Y a causa de su sumisión a la autoridad eclesiástica, los luchadores por la ortodoxia jamás serán agresivos como los así llamados progresistas. Si son reprendidos o disciplinados, sus obispos no corren el riesgo de ser atacados por la prensa liberal y ser difamados como reaccionarios.
 
Esta falta de los obispos de hacer uso de su autoridad, otorgada por Dios, es tal vez por sus consecuencias prácticas, la peor confusión en la Iglesia de hoy. Porque esta falta no solamente no detiene las enfermedades del espíritu, las herejías, ni tampoco (y esto es mucho peor) la flagrante como insidiosa devastación de la viña del Señor; hasta les da vía libre a esos males. El fracaso del uso de la santa autoridad para proteger la Sagrada Fe lleva necesariamente a la desintegración de la Iglesia.
 
Aquí, como con la aparición de todos los peligros, debemos decir “principiis obsta” (“detengamos el mal en su Origen”). Cuanto más tiempo se permite al mal desarrollarse, más difícil será erradicarlo. Esto es verdad para la crianza de los niños, para la vida del estado, y en forma especial, para la vida moral del individuo. Pero es verdad en una forma completamente nueva para la intervención de las autoridades eclesiásticas para el bien de los fieles. Como dice Platón, “cuando los males están muy avanzados nunca es agradable eliminarlos”.
 
Nada es más erróneo que imaginar que muchas cosas deben ser autorizadas a irrumpir y llegar a su peor punto y que uno debería esperar pacientemente que se hundan por su propio peso. Esta teoría puede ser correcta a veces respecto a los jóvenes que atraviesan la pubertad, pero es completamente falsa en cuestiones referentes al bonum commune (el bien común). Esta falsa teoría es especialmente peligrosa cuando se aplica al bonum commnune de la Santa Iglesia, que involucra blasfemias en el culto público y herejías que, si no son condenadas, continúan envenenando incontables almas. Aquí es incorrecto aplicar la parábola del trigo y la cizaña.
 

Dietrich von Hildebrand
[Este es el primer Capítulo del libro “The devastated Vibeyard”, de Dietrich von Hildebrand, versión inglesa del original en alemán “Der verwuestete Weiberg”, 1973. Reedición en inglés de “Roman Catholic Books”, New York, USA, 1985. Traducción al español de Santiago Zervino]

jueves, 19 de septiembre de 2013

SOBRE EL DIÁLOGO ENTORNO A LA FE



SOBRE EL DIÁLOGO ENTORNO A LA FE


En primer lugar, es imposible que exista diálogo entre el Reino de Dios y el reino del mal (Satanás). El reino del mal es todo lo que se opone a Dios. Para un cristiano, el reino del mal es todo lo que se opone a Cristo, es decir todo lo anticristiano.


Jesucristo no dialogaba con los espíritus impuros, sino que los expulsaba sin miramientos, pues no puede haber espíritu negociador, ni mucho menos compromisos entre el Reino de Dios y el reino del mal.


Jesucristo Hijo de Dios (Verdadero Dios y Verdadero Hombre), nos dijo “el que no está conmigo, está contra mí” (Lc. 11, 23). Puede parecer intransigencia, pero en el evangelio de Cristo no hay grises: o es blanco, o es negro; el bien, o el mal (nada de relativismos).


El propio Jesucristo coloca a sus enviados, es decir sus discípulos y apóstoles, y por consecuencia dentro de la sucesión apostólica, a la Iglesia Católica y sus sacerdotes como transmisores de su doctrina evangélica y afirmando a la vez que “quien a vosotros os escucha, a mi me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lc. 10, 16).


Lo anterior quiere decir que rechazar a los enviados de Jesucristo (sacerdotes de la Iglesia Católica), equivale a rechazar al mismo Jesucristo; y podemos tener como corolario del silogismo que el mismo Señor nos presenta, que rechazar a Jesucristo equivale a rechazar al que lo envió a Él: es decir a El Padre.


Los enviados de Jesucristo deben ser “sal de la tierra”  y “luz del mundo” (Mt. 5, 13-14). Esta “sal” que no se desvirtúa, y “luz” que debe alumbrar a todos los hombres, se identifica con “las buenas obras y la glorificación de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5, 16).


El Señor nos pregunta: “Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará?” (Mt. 5, 13). Seguidamente es el mismo Jesucristo quien responde esa interrogante: esta sal “ya no sirve para nada”.


Pero ¿cómo saber si la sal está desvirtuada? Sólo con la ayuda de la Gracia Divina podemos estar seguros para no caer en el error, es decir con la ayuda del Espíritu Santo. El Paráclito nos iluminará, si le invocamos con fe, para entonces “conocer al árbol por su fruto”, “porque no hay árbol bueno que de fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que de fruto bueno”  (Lc. 6, 43-44).


El verdadero seguidor de Cristo no dialoga, ni negocia compromisos con los que rechazan a Cristo, pues aquéllos no son de Cristo. Según hemos visto, el propio Evangelio del Señor declara que los que rechazan a Cristo, rechazan en consecuencia al Padre-Dios.


La forma de amar a nuestros enemigos (Lc. 6-27), es decir a los que no están con Cristo y/o rechazan a Cristo, es orar por ellos. Esto es un mandato evangélico del mismo Cristo, en consecuencia el verdadero cristiano debe amar y orar por los enemigos de la fe.
 
Dialogar, no implica dejar de conversar con espíritu compasivo y misericordioso. Lo que es imposible, o más bien prohibitivo para todo seguidor de Cristo, siempre desde el punto de vista terminológico y filosófico de la acepción “diálogo”, es discutir sobre verdades de fe con la intención de llegar a acuerdos relativos a dicha fe. Las verdades de fe de la Iglesia Católica no son negociables.